sábado, 7 de junio de 2014

El taxista y la pajarita

Yo solo escuché que le dijo a la muchachita que se bajara del taxi y cerré los ojos hasta que tuve el valor de arrancar de nuevo... Ver, oír y callar, eso dicen ellos… Eso es lo que hago yo... 

Ahí iban atrás, dos de ellos. Ella en medio.

Por el espejo retrovisor vi como uno de ellos empezó a hablar por teléfono…

“Simón, aquí llevamos a la pajarita.”

Ella lloraba.

El otro, solo me miró.

Yo bajé la cabeza.

No le miento, yo preferiría que me pidieran renta todos los días a tener que hacer las cosas que hago… “¿Me va hacer el paro, vea?”, me dicen. ¿Y uno qué puede hacer? Nada. Se suben al taxi y los llevo a donde quieren.

Yo los vi crecer. Son cipotes de la misma colonia. Se malearon después con eso de las maras.

Un día llegaron al punto. Me pidieron que les hiciera un favor, un paro. Los tenía que traer por aquí a la Montebello. Me dijeron que solo iban a hacer un mandado. Que solo tenía que esperarlos un rato. Que tranquilo, que no pasaba nada. Que me pagarían.

Así empezó todo. Hoy llegan cuando quieren... 

Ese día, estaba en el punto y el del teléfono se subió al taxi. Hizo un par de llamadas y me dijo que fuera allá por Santo Tomás, que íbamos por un encargo.

Ahí estaba ella. ¿Cómo se llamaba? No sé, le decían la pajarita. ¿Con cuántos estaba? No sé. Tres o cuatro, nada más. Ella lloraba. Uno la metió a empujones al carro. Después, se subió él.

“¡No lo hagan! Por favor, tengo una niña pequeña”, les dijo. Él del teléfono no le dijo nada. El otro, el que la acompañaba, la calló en seco: “¡Silencio, puta!”

“Aquí va la pajarita, solo me dicen a dónde se las llevamos”, dijo el del teléfono.

Ellos ocupan esa cosa de conferencias que tiene Tigo. Varias veces los he escuchado hablando y son tres o más los que están hablando de sus cosas. ¿Qué cosas? De todo.

"Vamos para el cerro”, me dijo. Ella empezó a gritar. Él la tomó por el cuello: “Tranquila pajarita, esto va a ser rápido. Después no vas a sentir nada.”

Era chelita… Bonita, la cipota… Tenía el pelito corto hasta el cuello y los ojos zarcos… Y no paraba de llorar mientras repetía que tenía una hija.

Los llevé a los tres allá arriba, a ese cerro maldito…

Usted ni quiere saber dónde queda eso, ni lo que hacen ahí. ¿No ha escuchado que ellos dicen “ver, oír y callar”? Pues así es la cosa…

Detrás de esa loma estaban otros dos esperándolos, con teléfonos en las manos. Ella lloraba. La empujaron para que se bajara, para que caminara… Ella se tiró al suelo.. Les dijo que tenía una niña... Hasta el nombre de la pequeñita les dio varias veces. Y nada…

Mire, yo quisiera que me rentiaran todo lo que quieran, que yo les pago… Les he dicho que ya no quiero hacerle paros, que soy cristiano, que no me gusta lo que escucho, lo que veo…

“¡Ay, pajarita! Pórtese bien”, le dijo...

Mire, a mí me espera el infierno por cobarde… Soy un cobarde porque ellos me hacen pecar, ayudándolos a matar. Sí, me pueden pegar un tiro si les digo que no… Pero ahora, con todo lo que he visto no puedo ver a la cara a nuestro Señor y pedir su perdón… No, no puedo.

“¡Levántese, Pajarita! Usted bien sabe lo que hizo, hoy le toca pagar”, le dijo uno y le dio dos o tres patadas… Como que le sacaron el aire porque ella se quedó callada… Y así arrastrada se la llevaron monte arriba…  

Yo, como soy un cobarde, solo arranqué y me fui... 

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