jueves, 13 de marzo de 2014

La herencia...

Lo mío es sumar y restar…

Yo, me llamo Rodrigo y, como hijo de matemático y para colmo físico, soy amante de los números... Soy de los que pierden las noches poniendo el televisor para que haga ruido de fondo mientras realmente me meto de lleno en un cuadrito de Excel que dibuja líneas en la pantalla de la laptop que descansa sobre mis piernas…

Y las últimas noches, después de hacer tanta cosa que toca hacer en el trabajo, me la pasé viendo cuadritos llenitos de los numeritos que el recuento preliminar de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de mi pedacito de mapa arrojó a la cara: un país dividido en tres partes, aunque, por lo que dicen en los medios de comunicación, pareciera que solo dos de ellas tienen esa verdad única...

Me explico:


Los números, esos relativos a los que le ponemos el signo de porcentaje, me dicen que en esta segunda vuelta, Arena y FMLN se repartieron el país. Para la derecha: San Salvador, Santa Ana, La Libertad, La unión, Chalatenango, Cuscatlán y Cabañas. Para la izquierda: San Miguel, Usulután, Sonsonate, La Paz, Ahuachapán, Morazán y San Vicente.

Y nos ponemos finos: Arena ganó 137 municipios; FMLN, 125 municipios.

¡Y de qué carajo sirve eso! De nada, cuando lo importante es tener un ganador…

Entonces, vemos con lupa qué municipios tienen más personas, con cuántos votos ganaron en cada uno de ellos, cómo aumentaron de una elección a otra y sumamos bajo las banderas de nuestro gusto y vemos que, en números absolutos, esos sin signos para que no nos perdamos, entre ambos partidos totalizaron 3,324,738 votos. Que el partido de izquierda, que ahora dice celebrar su primera presidencia cuando parece olvidar que hasta hace poco estaba peleado con el presidente nada de izquierda que llevó a la silla en 2009, tenía una ventaja 6,634 votos.

Y entonces sale el candidato de la derecha con el grito de “fraude” en la boca, y llama al ejército a proteger esta miseria de sistema que llamamos democracia, mientras anuncia que sus votantes, porqué de él no dijo nada, defenderán la victoria, su victoria, “con la vida de ser necesario", y sus seguidores, guardaespaldas y mucamas incluidos en el paquete, rezan para que el Todopoderoso nos libre de presidentes asesinos...

Y el candidato de izquierda, en lugar de querer venderse como el estadista que no es y está lejos de ser, dice que el presidente al que apenas le hablaba seis meses atrás ya ordenó a la policía a mantener el orden público y el triunfo del pueblo, que le agradece a los que votaron por él y llama a los trabajadores, a los empresarios y al pueblo mismo, en ese orden, a unirse bajo la consigna del “¡Pueblo unido, jamás será vencido!”, como si aquel grito de la guerra unificara a este país…

Eso dicen los números, y mi país se convulsiona, por lo menos en los medios de comunicación y en las redes sociales, porque el resto, la mayoría se levantó el lunes temprano para ir al trabajo, a buscar el “conqué”…

Yo, me llamo Rodrigo y, como hijo de educadora, soy amante de aprender cosas nuevas...  Soy de los que pierden las noches poniendo el televisor para que haga ruido de fondo mientras realmente escribo en un cuaderno las cosas que la gente que me encontré por la calle me enseñó cada día…

Y las últimas noches, después de hacer tanta cosa que toca hacer en el trabajo, me la pasé releyendo las cosas que escribí en esta libreta negra que siempre ando conmigo sobre la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de mi pedacito de mapa: un país dividido en tres partes, aunque, por lo que dicen en los medios de comunicación, pareciera que solo dos de ellas tienen esa verdad única...

Me explico… Bueno, me explicaron:

El domingo, mientras me comía un sorbete de coco a fuera de un centro de votación al norte de San Salvador, quien me lo vendía sacó sus propias conclusiones de la segunda vuelta: “¡Ha estado bueno el día!”.  Llevaba 57 sorbetes vendidos para un total de $19.95. A ese paso, cuando el reloj marcaba la 1:10 p.m., podía acabar con el producto y conseguir $42.00 antes de las 5:00 p.m. y empujar su carretón siete kilómetros hasta su casa, allá detrás del Zoológico en el barrio San Jacinto, y el lunes estar fresco a las 4:00 a.m. para empezar la faena de batir el licuado de coco, leche y azúcar para hacer el sorbete del día.

-         -  ¿No votó?
-         -  No, ¿para qué?
-         -  
-         - ¿Ese señor del bigote, el alcalde, o el “profe” me sacarán de la pobreza?
-         -  … pos…
-         - Mire, si no trabajo, no como…
-          - ¿Pero va con el Frente o con Arena?
-          - ¿Y acaso eso importa? Yo escuché las cosas que dijeron en la televisión y nada tenía que ver conmigo... ¿Ellos me va a dar de comer?

Durante meses, porque en mi pedacito de mapa las campañas electorales empiezan cuando quieren los partidos políticos y no cuando lo dicta la ley, tomé nota de todo lo que los candidatos prometían… Y, como dijo el vendedor de sorbetes de carretón, nada tenía que ver conmigo…  Sus promesas estaban llenas de “buenas” intenciones que apuntaban a acabar con todos los males, los problemas y las siete plagas del Antiguo Testamento, aunque no dijeran cómo lo iban a hacer ni con qué recursos, humanos ni financieros… Iban a hacer, como en las escrituras, milagros, pues..

¡Y no hablemos de la campaña para la segunda vuelta! La resumo: un Ferrari “presidencial” chocó en la plaza Masferrer; la izquierda pactó con el expresidente locutor al que llamó corrupto y al que nunca llevó a juicio; nadie encontró al expresidente de los cheques taiwaneses; ambos insistieron en que había que votar por la izquierda para que la derecha “mala” no ganara o que había que votar por la derecha para que la izquierda “mala” no ganara; y, justo como anillo al dedo, en Venezuela se armó una revuelta social sin pollo ni papel higiénico para mostrarnos a los salvadoreños lo que nos esperaba de ganar la izquierda.

¿Así? Sí… Así de burdo, de tonto, de absurdo…

Y así, como él vendedor de sorbetes, me uní al 32.90% de las personas inscritas en el padrón electoral que no importaban el domingo en la noche. Porque esa noche importaba el que votó, el que sumaba a uno y, a la vez, restaba al otro… No el resto... Y él, el vendedor, como yo, éramos de esos. Así que no importaban mis dudas ni ese sentimiento de no ser representado políticamente, ni importaban los siete kilómetros que él recorrería a su casa, ni sus números para terminar el día ni mucho menos sus sorbetes de carretón.

Nosotros, junto al vendedor, somos de los 32.90% que no votaron, los que se abstuvieron, los que anularon –esa “minoría minoritaria” en la que me incluyo-; y donde también están los votos impugnados, las papeletas que no aparecieron en los recuentos y los que ni siquiera se acercaron a votar, con lo que somos menos, pues…  Pero veamos número absolutos: 1,630,368 de personas estamos en ese porcentaje, somos casi la tercera parte de la población de El Salvador…

Veámoslo en números relativos, solo en 50 de 262 municipios, según los resultados preliminares, la gente que no votó por Arena ni por el FMLN es menor al 30% de los electores inscritos en el padrón. ¿Eso no les dice nada?

Ese 32.90% significa que uno de cada tres salvadoreños es gente que no quiso ir a votar, que no se sentía representada por los candidatos ni sus respectivos partidos, que lastimosamente no cree en ese ejercicio de democracia representativa al que juegan los políticos sin tomarnos en cuenta o que, simplemente, no vio sus necesidades básicas reflejadas en esa campaña electoral sosa, hueca y sin sentido que hicieron durante más de un año… Y ahí, entre ellos, estaba yo.

Lo mío es aprender…

Me llamo Rodrigo y soy hijo de un matemático y, para colmo, físico y de una educadora, y soy salvadoreño, y soy periodista, y amante de los números y de mi pedacito de mapa, ese que añoro y amo como novio adolescente… Y sueño que un día los políticos y sus seguidores, esos que hoy se rasgan las vestiduras por llamarse unos a otros vencedores y vencidos, que amenazan con matarse unos a otros si no aceptan sus verdades, se tomaran el tiempo de ver las verdades que arrojan los otros números a su cara… Digo, que vieran más allá de sumas y restas, de estadísticas, de números relativos y absolutos y que empezaran a ver más allá de sus propios votantes, que rompieran con el miedo a izquierdas y derechas… Que se acordaran que detrás de todas aquellas personas que votaron o no, hay nombres propios, sueños, deseos y realidades que en estas elecciones no se tomaron en cuenta… 

2 comentarios:

  1. "Me llamo ...y soy ...y soy.." ¡Que superficial, insípido y tonto artículo! Quiere impresionarme con que es un intelectual y se retrata identificándose con aquella joya de la ignorancia popular: "Si no trabajo no como".

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  2. Pues no pretende ser un artículo... Es mi blog personal no un medio de comunicación... Gracias por su comentari...

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