Lo mío es sumar y restar…
Yo, me llamo Rodrigo y, como hijo de matemático y para colmo
físico, soy amante de los números... Soy de los que pierden las noches poniendo
el televisor para que haga ruido de fondo mientras realmente me meto de lleno
en un cuadrito de Excel que dibuja líneas en la pantalla de la laptop que
descansa sobre mis piernas…
Y las últimas noches, después de hacer tanta cosa que toca
hacer en el trabajo, me la pasé viendo cuadritos llenitos de los numeritos que el
recuento preliminar de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de mi
pedacito de mapa arrojó a la cara: un país dividido en tres partes, aunque, por
lo que dicen en los medios de comunicación, pareciera que solo dos de ellas
tienen esa verdad única...
Me explico:
Los números, esos relativos a los que le ponemos el signo de
porcentaje, me dicen que en esta segunda vuelta, Arena y FMLN se repartieron el
país. Para la derecha: San Salvador, Santa Ana, La Libertad, La unión,
Chalatenango, Cuscatlán y Cabañas. Para la izquierda: San Miguel, Usulután,
Sonsonate, La Paz, Ahuachapán, Morazán y San Vicente.
Y nos ponemos finos: Arena ganó 137 municipios; FMLN, 125
municipios.
¡Y de qué carajo sirve eso! De nada, cuando lo importante es
tener un ganador…
Entonces, vemos con lupa qué municipios tienen más
personas, con cuántos votos ganaron en cada uno de ellos, cómo aumentaron de
una elección a otra y sumamos bajo las banderas de nuestro gusto y vemos que,
en números absolutos, esos sin signos para que no nos perdamos, entre ambos
partidos totalizaron 3,324,738 votos. Que el partido de izquierda, que ahora dice celebrar su primera presidencia cuando parece olvidar que hasta hace poco estaba peleado
con el presidente nada de izquierda que llevó a la silla en 2009, tenía una
ventaja 6,634 votos.
Y entonces sale el candidato de la derecha con el grito de “fraude”
en la boca, y llama al ejército a proteger esta miseria de sistema que llamamos
democracia, mientras anuncia que sus votantes, porqué de él no dijo nada, defenderán
la victoria, su victoria, “con la vida de ser necesario", y sus seguidores, guardaespaldas y mucamas incluidos en el paquete, rezan para que el Todopoderoso nos libre de presidentes asesinos...
Y el candidato de izquierda, en lugar de querer venderse
como el estadista que no es y está lejos de ser, dice que el presidente al que
apenas le hablaba seis meses atrás ya ordenó a la policía a mantener el orden
público y el triunfo del pueblo, que le agradece a los que votaron por él y llama a los trabajadores, a
los empresarios y al pueblo mismo, en ese orden, a unirse bajo la consigna del “¡Pueblo unido, jamás
será vencido!”, como si aquel grito de la guerra unificara a este país…
Eso dicen los números, y mi país se convulsiona, por lo
menos en los medios de comunicación y en las redes sociales, porque el resto,
la mayoría se levantó el lunes temprano para ir al trabajo, a buscar el “conqué”…
Yo, me llamo Rodrigo y, como hijo de educadora, soy amante
de aprender cosas nuevas... Soy de los
que pierden las noches poniendo el televisor para que haga ruido de fondo
mientras realmente escribo en un cuaderno las cosas que la gente que me
encontré por la calle me enseñó cada día…
Y las últimas noches, después de hacer tanta cosa que toca
hacer en el trabajo, me la pasé releyendo las cosas que escribí en esta libreta
negra que siempre ando conmigo sobre la segunda vuelta de las elecciones
presidenciales de mi pedacito de mapa: un país dividido en tres partes, aunque,
por lo que dicen en los medios de comunicación, pareciera que solo dos de ellas
tienen esa verdad única...
Me explico… Bueno, me explicaron:
El domingo, mientras me comía un sorbete de coco a fuera de
un centro de votación al norte de San Salvador, quien me lo vendía sacó sus
propias conclusiones de la segunda vuelta: “¡Ha estado bueno el día!”. Llevaba 57 sorbetes vendidos para un total de
$19.95. A ese paso, cuando el reloj marcaba la 1:10 p.m., podía acabar con el
producto y conseguir $42.00 antes de las 5:00 p.m. y empujar su carretón siete
kilómetros hasta su casa, allá detrás del Zoológico en el barrio San Jacinto, y el
lunes estar fresco a las 4:00 a.m. para empezar la faena de batir el licuado de
coco, leche y azúcar para hacer el sorbete del día.
- - ¿No votó?
- - No, ¿para qué?
- - …
- - ¿Ese señor del bigote, el alcalde, o el “profe”
me sacarán de la pobreza?
- - … pos…
- - Mire, si no trabajo, no como…
- - ¿Pero va con el Frente o con Arena?
- - ¿Y acaso eso importa? Yo escuché las cosas que
dijeron en la televisión y nada tenía que ver conmigo... ¿Ellos me va a dar de
comer?
Durante meses, porque en mi pedacito de mapa las campañas electorales
empiezan cuando quieren los partidos políticos y no cuando lo dicta la ley, tomé
nota de todo lo que los candidatos prometían… Y, como dijo el vendedor de sorbetes
de carretón, nada tenía que ver conmigo… Sus promesas estaban llenas de “buenas”
intenciones que apuntaban a acabar con todos los males, los problemas y las
siete plagas del Antiguo Testamento, aunque no dijeran cómo lo iban a hacer ni
con qué recursos, humanos ni financieros… Iban a hacer, como en las escrituras,
milagros, pues..
¡Y no hablemos de la campaña para la segunda vuelta! La resumo:
un Ferrari “presidencial” chocó en la plaza Masferrer; la izquierda pactó con
el expresidente locutor al que llamó corrupto y al que nunca llevó a juicio; nadie
encontró al expresidente de los cheques taiwaneses; ambos insistieron en que
había que votar por la izquierda para que la derecha “mala” no ganara o que
había que votar por la derecha para que la izquierda “mala” no ganara; y, justo
como anillo al dedo, en Venezuela se armó una revuelta social sin pollo ni
papel higiénico para mostrarnos a los salvadoreños lo que nos esperaba de ganar
la izquierda.
¿Así? Sí… Así de burdo, de tonto, de absurdo…
Y así, como él vendedor de sorbetes, me uní al 32.90% de las
personas inscritas en el padrón electoral que no importaban el domingo en la noche.
Porque esa noche importaba el que votó, el que sumaba a uno y, a la vez, restaba al otro… No el resto... Y él, el vendedor, como yo, éramos de esos. Así que no
importaban mis dudas ni ese sentimiento de no ser representado políticamente,
ni importaban los siete kilómetros que él recorrería a su casa, ni sus números para
terminar el día ni mucho menos sus sorbetes de carretón.
Nosotros, junto al vendedor, somos de los 32.90% que no
votaron, los que se abstuvieron, los que anularon –esa “minoría minoritaria” en
la que me incluyo-; y donde también están los votos impugnados, las papeletas que no
aparecieron en los recuentos y los que ni siquiera se acercaron a votar, con lo que somos menos, pues… Pero veamos número absolutos: 1,630,368 de
personas estamos en ese porcentaje, somos casi la tercera parte de la población
de El Salvador…
Veámoslo en números relativos, solo en 50 de 262 municipios,
según los resultados preliminares, la gente que no votó por Arena ni por el
FMLN es menor al 30% de los electores inscritos en el padrón. ¿Eso no les dice
nada?
Ese 32.90% significa que uno de cada tres salvadoreños es
gente que no quiso ir a votar, que no se sentía representada por los candidatos
ni sus respectivos partidos, que lastimosamente no cree en ese ejercicio de democracia
representativa al que juegan los políticos sin tomarnos en cuenta o que, simplemente,
no vio sus necesidades básicas reflejadas en esa campaña electoral sosa, hueca
y sin sentido que hicieron durante más de un año… Y ahí, entre ellos, estaba
yo.
Lo mío es aprender…
Me llamo Rodrigo y soy hijo de un matemático y, para colmo,
físico y de una educadora, y soy salvadoreño, y soy periodista, y amante de los
números y de mi pedacito de mapa, ese que añoro y amo como novio adolescente… Y
sueño que un día los políticos y sus seguidores, esos que hoy se rasgan las
vestiduras por llamarse unos a otros vencedores y vencidos, que amenazan con matarse unos a otros si no aceptan sus verdades, se tomaran el tiempo de ver las verdades que arrojan los otros números
a su cara… Digo, que vieran más allá de sumas y restas, de estadísticas, de
números relativos y absolutos y que empezaran a ver más allá de sus propios votantes,
que rompieran con el miedo a izquierdas y derechas… Que se acordaran que detrás
de todas aquellas personas que votaron o no, hay nombres propios, sueños,
deseos y realidades que en estas elecciones no se tomaron en cuenta…

"Me llamo ...y soy ...y soy.." ¡Que superficial, insípido y tonto artículo! Quiere impresionarme con que es un intelectual y se retrata identificándose con aquella joya de la ignorancia popular: "Si no trabajo no como".
ResponderEliminarPues no pretende ser un artículo... Es mi blog personal no un medio de comunicación... Gracias por su comentari...
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