jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Se vale soñar?

La primera vez que supe de la selección de fútbol playa de El Salvador fue hace más de cinco años, en mayo de 2006… Entonces, entrevistando a su entrenador, a sus jugadores, a sus parientes, a sus vecinos, me hablaron de su vida, de sus sueños… Hoy, con todo este barullo por el buen desempeño de la selecta de playa en Italia, desempolvé esos sueños…

Reportaje publicado en El Gráfico, en junio de 2006. Fotografías de Juan Arrieta.


Para entonces, la selección de fútbol playa de El Salvador era lo más parecido a una broma de mal gusto. Era, a fuerza de ser sinceros, un trabuco hecho para justificar el dinero que había dado la FIFA a la Federación Salvadoreña de Fútbol que manejaba Rodrigo Calvo. Entonces, El Salvador tenía la obligación de participar en un evento internacional de la especialidad en Costa Rica. Digamos que se trataba de demostrar que el pisto se había gastado en lo que se tenía que gastar.

La primera opción de la Fesfut fue hacer un equipo con jugadores de la primera y la segunda división profesional; pero alguien recordó que parte de esa plata se le había dado a la asociación de fútbol aficionado de Usulután. Que allá, en las explanadas de arena que dejaba descubiertas la marea, un grupo de pescadores charamusqueaba y hasta tenían un entrenador que alguna vez, allá cuando el calendario marcaba el año 2003 ó 2004, soñó con hacer equipos de fútbol de 11 jugadores en las tierras rodeadas de agua de Jiquilisco.

La versión light de todo esto me lo contó el mismo Israel, el entrenador de aquel equipo, mientras nos embarcábamos en Puerto Parada, Usulután, a hacer un reportaje en el cantón La Pirraya, ya cuando el viaje a Costa Rica se había frustrado y sus muchachos habían vivido sus 15 minutos de gloria demostrando que estaban en mejores condiciones físicas que los jugadores de la mera “Selecta, que de todos es su papá”.

La versión dura la conocí horas después, cuando Walter se sentó en una hamaca en el corredor de su casa y empezó a hablar. Ahí me contó de cómo los islotes se fueron llenando de gente durante los años de la guerra; de cómo se le ganaban terreno a los manglares, cortándolos y rellenando el suelo fangoso con conchas, arena y tierra, para hacerse de sus propias parcelas de “tierra”; de que la pesca era la única manera de sobrevivir; y de cómo los “muchachos” siempre terminaban en ella, en el mar o en las aguas calmas entre los manglares, porque no se podía aspirar a más, porque estudiar un bachillerato se salía de sus posibilidades reales… y del fútbol, como la única manera “sana” de pasar el rato. Ahí, mientras se balanceaba en aquella hamaca, habló de sus sueños de ver a los pescadores de esas islas jugando al más alto nivel.

A él, entonces le decían “Colina”, en honor de Pierluigi Collina, y los jugadores lo saludaban, de frente, casi haciéndole una reverencia. A decir la verdad, con el italiano solo tenía en común ser dueño de un silbato y la potestad de regir en los partidos de fútbol. Sus dominios eran las canchas de arena de esas islas e islotes de la bahía de Jiquilisco. Bajo su ala, su silbato y su palabra se hacían los torneos diarios que sacaban a esos terrenos cedidos o ganados por el mar de lo que era su vida cotidiana: la pesca artesanal, el guaro, las tragamonedas de a “cora”, el fútbol charamusqueado y nada más.

“Aquí entre nos”, nos dijo haciendo una pausa teatral, “la fuerza de estos muchachos está en buscar la comida diaria… la fuerza se las da puro mar”. “El puro pobre”, como llamaba Walter a quienes vivían en aquellas islas, comía pescado, mariscos, frijol, arroz, tortilla y sal… Se comía de lo que se pescaba día a día y de lo que la venta de aquellos frutos del mar les daba para comprar en tierra firme.

Así, todo dependía del mar, de jalar el trasmallo amarrado a la rabadilla a pura fuerza de piernas para pescar en la bocana; de palear sus canoas en los canales de agua fangosa de los manglares; de meterse un metro y medio bajo el agua para a arponear el pargo con cinturones vestidos con uno o dos kilos de plomo; de cargar los motores fuera de borda y las jabas llenitas en el lomo tostado por el sol y el agua salada… Todo eso se traducía en una suerte de entrenamiento diario: bajos porcentajes de grasa corporal, altos porcentajes de masa muscular, una notable mejoría de consumo de oxigeno en situaciones de alto rendimiento físico... Digamos que eran atletas a fuerza de pura necesidad y ni siquiera ellos lo sabían.

- Son buenos, nos dijo Walter.
- No los he visto jugar, señalé.
- Es que mire… Póngales al Cheyo o cualquiera de esos en frente al puro medio día en una cancha de arena y ninguno me los alcanza.
- No lo dudo, dijo Juan Arrieta, fotoperiodista.
- Solo les falta el roce…
- … ¿Internacional?
- ¡No’mbe! El roce… el juego constante… Yo sueño que se puede… Israel, también…

Walter soñaba que iban a haber equipos por toda la costa... Equipos que alinearan a puros pescadores y a ostreros, esa gente que es buena para echar riata, para pegarle al balón y aguantar el sol… Y ahí estaba la arena, pues, y de paso así no se meterían en “mierdas improductivas”, como a tomar guaro o “niquelear en las máquinas tragamonedas”… Y sería una fiesta de fútbol playa y ver equipos de La Libertad, de Acajutla, del Cuco o de Bola de Monte jugando un torneo nacional de primera, de segunda, de tercera… De papi fútbol, de fútbol femenino… “Un vergo de gente jugando todos los fines de semana”…

El sueño de Walter e Israel me gustaba, lo admito. Me gustaba esa idea de darle a la gente de la costa la posibilidad de hacer deporte de una manera sistemática; de llevar el fútbol con un proyecto con un alto componente social a zonas que han estado ligadas siempre al alto consumo de alcohol y de drogas, de prostitución, de juegos de azar, de violencia social… Digo, era aprovechar el empuje de un plan piloto que había salido “exitoso” por azares del destino, a fuerza de puro mar, como decía Walter, y volverlo en algo sistemático más allá de lo romántico que resultaba ver a un grupo de pescadores con vendas viejas o calcetines rotos en sus pies para protegerse de la arena caliente… Era soñar, y eso siempre se vale…

… De aquel sueño, muy poco se hizo… Quizás porque al pobre, ya sea árbitro, pescador o entrenador de “selecciones nacionales hechizas” por igual, poco se le hace caso cuando se piensa en el futuro… ¿Qué putas va a saber un pescador de masificación del deporte? Ni mierda, para eso están los técnicos en San Salvador, que igual poco caso se les hace en las reuniones de los federativos y dirigentes, los que tienen el fútbol nacional así como está... Para eso están los institutos del deporte… O, para el caso, los políticos que “se suben a la lancha” para quedar bien con todas las voces que se alzan cuando hay victorias de por medio.

Y es que cuando los pobres dan resultados, cuando el pequeño, el desvalido, el que “no sale de favorito” gana, entonces cambia todo. Entonces, con el permiso de ustedes, se alzan las voces pidiendo trasmallos nuevos, lanchas último modelo, casas decentes en tierras indecentes, salarios vitalicios para los seleccionados de playa… ¿No pasó lo mismo cuando este equipo se clasificó para Marsella 2008 o para Dubai 2009? No… La verdad, no… Claro, entonces no se ganaron partidos… entonces, nos tocó aguantar riata…

… Hoy, y vuelvo a pedir disculpas si alguien se siente ofendido, mientras muchos hacen la listita para el niño Dios –vía diputados, vía Fesfut, vía gobierno central o vía presidente-, yo recuerdo el sueño de Israel y de Walter… Un vergo de gente jugando en torneos por toda la costa salvadoreña… Equipos y equipos, nutridos de gente de la costa misma jugando al fútbol porque es sano, porque es divertido, porque alguien, por una tan sola vez, debería ver más allá de quedar bien con las voces que claman por “la eterna gratitud” hacia esos pescadores que les regalaron una sonrisa a todo un país… ¿Se vale soñar?

1 comentario:

  1. No he podido dejar de pensar en otras especies en vías de exterminación por riesgo de inanición: Actores de teatro, poetisas, ajedrecistas, tiradores al arco, matemáticos, filósofos y similares. Que nadie recuerda ni nota aunque ganen partidos, premios, olimpíadas o certámenes. Y recuerdo lo que dijo Shafik Handal cuando presentaron el plan de Red solidaria. Dijo algo así como 'Esa no es la solución, pero si a usted le ofrecen 20 pesos ¡Agárrelos!' Ojalá las propuestas fueran más integrales y duraderas. Pero reitero firmemente el derecho humano a soñar.

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