jueves, 10 de febrero de 2011

La sensatez de doña Ana

“Yo pisto no tengo, lo que le voy a dejar a mi hermano es educación”, dijo. Se llamaba Ana, tenía el pelo entrecano y cuatro bocas comían del salario que se ganaba lavando y planchando ajeno. Entonces, a mediados de los años 80, Ana le pagaba a su hermano menor sus estudios de medicina en la Universidad de El Salvador, costeaba la salud y educación de los dos menores. “Yo no quiero que él se desgaste haciendo este tipo de trabajos… Quiero que estudie para que sea alguien”, analizaba Ana, una señora cuarentona quien apenas podía leer y escribir con una letra gruesa y chueca. Para ella la fórmula era bien sencilla: educación igual a desarrollo, en este caso, personal y familiar. Sencillo, ¿no?

Hace unos días hablaba con William Pleitez, coordinador del último Informe de Desarrollo Humano del PNUD para El Salvador, y me decía, palabras más o menos, lo mismo: invertir en la gente, a través de políticas sociales, logra que un país se desarrolle y crezca económicamente. Para que entendamos el ejemplo anterior: Ana –como si fuera el Estado- invirtió las ganancias de su trabajo –los fondos generales de la nación- en educación y salud de sus hermanos menores. Así, invertía en el futuro de su familia. Así, sencillo, ¿no?

Pleitez y el PNUD van más allá: inversión social en capacidades de la gente –partiendo que la población de un país es su principal riqueza-, generación de empleo de acorde a estas nuevas capacidades, aumento de los niveles de ahorro interno –con base a la necesidad de generar nuevas y mejores redes sociales que incluyan salud, pensión, desempleo y vivienda-, creación de una verdadera institucionalidad del país y un crecimiento de la competitividad de El Salvador, entre otras cosas… Así, en unos 20 años, dijo, se podía tener un país diferente, uno en el que la brecha entre los que tienen más y los que tienen menos sean menores… Suena lógico, ¿no?

“Lo que proponen no es nada nuevo… Es lo lógico… Digo, no han inventado la orilla azul de la bacinica: Ahorro e inversión enfocado en lo que necesita la gente para mejorar, para tener una mejor vida”, me dijo un amigo, hablando del modelo de desarrollo propuesto por el PNUD. Se lo repetí a Pleitez y se tiró una carcajada. “No es nada nuevo lo que estamos proponiendo, solo hemos visto cómo hicieron algunos países para salir adelante con menos recursos que los que tiene El Salvador”, me dijo y citó el caso de Singapur, donde, la sociedad –todos, decidieron el tipo de futuro que querían basándose en lo único que tenían: su gente.

Claro, eso no suena nada sencillo para El Salvador, más cuando todo parte de que el país, todito el país, se ponga de acuerdo en el futuro que quiere, cómo lo piensa conseguir y qué ajustes –económicos, institucionales y sociales- se tienen que hacer para lograrlo. Pleitez habla de un gran acuerdo social, una especie de segundos acuerdos de paz donde sí se tome en cuenta los aspectos sociales y económicos, esos que quedaron relegados en aquellos que firmaron las partes en conflicto en 1992.

¿Ponernos de acuerdo en un país como El Salvador? Sí, ponernos de acuerdo. ¿No es lo lógico cuando todos –políticos, trabajadores, empresarios, gremiales, medios de comunicación… todos- decimos que queremos lo mejor para el país? Es lo básico: Alcanzar lo que Pleitez llama “un mínimo de sensatez colectiva”.

Ana, allá por 1987, ya lo sabía: Invertir en su hermano generaría, con el tiempo, una mejora en la calidad de vida de él, de ella y del resto de su familia… Para eso, ella trabajaba de lunes a sábado, sus hermanos menores se cuidaban solos y todos, todititos en esa familia, trabajaban para alcanzar un fin común. Cuando su hermano se graduó y obtuvo una plaza en el ministerio de Salud, ella dejó de lavar y planchar ajeno. Me cuentan que puso una pequeña tienda y que con los ingresos que obtenía de ella, además del apoyo económico de su hermano, lograron sacar adelante al resto de la familia... Recuerdo que cuando renunció a su viejo trabajo lo justificó con una frase: "Es que ahora estamos mejor que antes"... Así de sensata era doña Ana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario