Me va a disculpar que lo haya visto feo… Es que ya son un montón de años...
… Por eso, me va disculpar que lo haya visto de reojo desde que estaba a unos 25 metros de distancia y que lo haya seguido con la mirada hasta que se perdió dando la vuelta a la esquina… Y hasta que no lo hiciera, la verdad, no iba a estar tranquilo y, por supuesto, no iba a soltar la taza de café caliente de mi mano derecha… Aquí entre nos, la verdad de las verdades, me servía de suerte de defensa personal…
… Va a saber disculpar… Es que, la verdad, no me acostumbro a tanta tranquilidad, a quitarme el abrigo y ponerlo en el respaldo de la silla en la que estoy sentado y, en la silla de enfrente, dejar la mochila con mi pasaporte y con mis instrumentos de trabajo… A estar seguro de que nadie pasará por ahí, la tomará de repente y saldrá corriendo.
Por eso –se lo decía a una compatriota un día de estos-, el sacar la computadora, ponerla sobre la mesa y empezar a escribir me cuesta tanto… Y eso que soy de los que pueden escribir sin ver el monitor, de los que aprendieron a la antigua en clases de mecanografía, de los que pasaron horas con el teclado de una vieja Triumph Special tapado con una hoja de papel bond en el viejo ExEx…
… Y no es que no tenga la idea clara de lo que quiero decir… Bueno, a veces, sí; otras, no… Esta vez es de las que sí… Por eso es que le pido disculpas por la mala mirada, por poner cara de malo –o más malo y, de paso, más tonto -, por no quitarle la vista de encima, por pensar que se ve “sospechoso” solo por caminar por una calle pública...
… Eso justamente le decía a esta mi compatriota: “Me cuesta escribir donde estoy… Me cuesta escribir sentado en esta mesa, aprovechando el buen clima, raro en pleno otoño… Me cuesta porque me parece raro escribir sentado en una mesa dispuesta en plena acera… Ahí pasan los carros… Y, aquí entre nos, creo que el más sospechoso de todo el mundo soy yo… El latino ‘blanco’ sospechoso”.
Y no es que no lo haya hecho antes… Allá, le voy a contar, me he sentado en las nuevas aceras de Santa Tecla, he sacado la computadora y me he puesto a escribir… La verdad, no es un acto de libertad sino de rebeldía y de vicio… Más de lo segundo que de lo primero. Allá, como acá en la mayoría de lugares, no me dejan fumar dentro del Palacio de Santa Tecla. Así que toca afuera, aspiro el humo del cigarro y todavía agarro la colita del WiFi público que tiene la ciudad… ¿Y la rebeldía? Pues, la de tentar al diablo, a la suerte y a la paciencia del o la agente del CAM que está cuidando la puerta del edificio público en uno de los países más violentos del mundo.
Aquí, quiérase o no, es diferente. Un día de estos me desperté con la noticia que habría una reunión de la comunidad y los propietarios de negocios del centro histórico de la ciudad con su representante en la alcaldía y los jefes policiales. ¿Por qué? Porque había aumentado la inseguridad en la zona. Tres mujeres habían sido asaltadas… en el último mes… Les habían arrebatado sus carteras mientras caminaban a después de las diez de la noche… Yo me reí y solté un “¿solamente tres?”…
… Hoy, le pido disculpas por verlo feo, por seguirlo con la mirada, por no soltar la taza de café caliente –en serio, si se hubiera acercado más, le juro por el Colocho mismo que se la tiro a la cara y salgo corriendo-, por el “¿Solamente tres?” y por reírme esa mañana… Me va a disculpar, y por favor no sienta pena ni lástima de lo que le voy a decir, pero es que ya son un montón de años creyendo que el desconfiar de todo el mundo, mirando por debajo del resquicio de la puerta y con la respuesta violenta a flor de piel es una forma normal de vivir…
No hay comentarios:
Publicar un comentario